Debido a que en la “cita” anterior, ambos estábamos ebrios, decidimos volver a vernos. El punto de encuentro fue en un parque medianamente cerca de nuestras respectivas casas.
Había un problema. Me rehusaba a verlo. Simplemente no quería. Me había aburrido (como suele pasarme con el 80% de los hombres con los que estoy). Podría haberle metido una excusa previa, pero ya lo venia bicicletiando hace semanas. No sabia que hacer, faltaban pocas horas para nuestra cita, y yo iba a ir con una cara similar a la de comerse un volquete lleno de limones.
Lo único que se me ocurrió, fue recurrir a mi mejor amiga. Le dije: salvame de esta por favor. Me encuentro en tal y tal lugar, a tal y tal hora.
Llego al lugar con la mayor sonrisa fingida de los últimos tiempos. Hablamos, nos besamos. Me suena el celular. Era ella, mi mesías, mi mejor amiga. Gritaba, lloraba, insultaba a la vida. Yo intentaba seguirle la corriente sin reírme de la locura que estaba haciendo, y de sonar lo mas creíble posible. Lo único que se me ocurrió decirle, además de consolarla fue: “Estoy en el parque, no se que decirte, venite para acá”.
Minutos después, llega mi amiga. Si existe una palabra que la describiría es: Desencajada. Estaba pálida, llorando, temblando. Invento una historia alucinante, que le quisieron robar, que tenia miedo que la maten, cosas que ni se de donde habrá sacado.
Obviamente eso termino en un: “no, vos no te vas así sola a tu casa, yo te acompaño”.
Así fue como me deshice de el. De la manera mas cobarde, estúpida y alocada que se me podría haber ocurrido.
Después de eso, pasamos años sin hablar. Hace poco me lo encontré, y casi lo prendo fuego. LITERALMENTE….
De vuelta a esta maldita capital. Lo positivo: el viaje estuvo hermoso y los aires norteños casi que me curaron de mi broncoespasmo. Lo negativo: mi victima para una posible historia de amor (que relataria luego en este blog), termino siendo victima del dengue, lo cual arruino todos mis planes.

